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Revista - Abril 2006

Aquellos veinte centímetros de más

Cada mañana se sale de casa con un signo de interrogación. Nuevos encuentros pero también dificultad de relacionarse con los otros. La competencia comienza con el alba. O, incluso, antes, junto con nuestros sueños nocturnos. Es suficiente subir al automóvil para ir al lugar de trabajo o acompañar a los niños a la escuela, para que enseguida brote, casi incontrolable, las ganas de querer adelantar, aunque sea en veinte centímetros, el coche que viene junto al nuestro.
Incluso el semáforo rojo llega a ser un adversario que disminuye nuestra carrera, mientras se pierde el último puesto libre en el parqueadero. La competencia está siempre presente en nuestras jornadas. Los jóvenes en sus estudios, respecto a sus compañeros que obtienen mejores calificaciones que ellos; los adultos en el trabajo porque el colega ocupa un puesto de prestigio o los sobrepasa en un concurso interno de la oficina. Y como si fuera poco, en las filas de los bancos, el correo o el mercado se levanta un grito: “Yo llegué primero”.
Es verdad que el espíritu de competencia da la motivación necesaria para alcanzar objetivos y resultados, con tal de que sea alimentado por motivaciones válidas en las que invertimos nuestras mejores capacidades.
Tenemos todavía en nuestros ojos las imágenes estupendas de las Olimpiadas Invernales, en las que el deporte subió a la cátedra, junto a su “súper” sede, Turín. Veinte días de sano entretenimiento que nos regalaron emociones y reflexiones.
Propiamente la competencia fue el ingrediente principal de las jornadas en las que el deporte limpio se manifestó con todos sus componentes. Sacrificio, perseverancia, respeto al adversario como persona, exaltación por la victoria pero también desilusión y, por lo tanto, deseo de recomenzar desde el principio.
En la lealtad de quien ha conquistado los peldaños de la tarima y en la aceptación de los propios límites por parte de quien ha visto esfumarse la victoria, está el sentido más original de la competencia.
Esta realidad debe presentarse no sólo en una manifestación deportiva, sino en la vida, hecha de pequeñas o grandes competencias, sobre todo con nosotros mismos, para conquistar cada día aquellos 20 centímetros de más que nos permiten seguir adelante en el camino de la maduración humana y espiritual.
Silvana Aloisi
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