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Revista - Mayo 2009 |
Todos los días, incluso aquellos más difíciles que dejan señales indelebles, nos dejan una enseñanza para nuestra vida. Del terremoto de Abruzo, así como de otras catástrofes naturales o causadas por el descuido o la avaricia del hombre, surge una verdad que con frecuencia hemos olvidado: el valor de la vida.
Aquella vida que frecuentemente desconocemos, despreciamos o negamos está ahora en el centro de los lamentos porque hemos perdido vidas insustituibles, que han quedado sepultadas por toneladas de escombros.
Son los momentos fuertes, los días del abandono, del desprendimiento en los cuales se lloran a las personas queridas que no estarán más entre nosotros luego de pocas decenas de segundos que parecían no terminar jamás.
Nuestra Tierra, a la que estamos unidos como a una buena madre “que nos sustenta y gobierna”, como cantaba san Francisco de Asís, de repente nos presenta su otra cara, aquella de la transitoriedad.
Se hace notar, entonces, con sus misterios escondidos que se despiertan de improviso y nos clavan a una dura realidad. Bajo las construcciones derrumbadas se aguardó siempre la esperanza de encontrar vida. Todo lo demás, durante aquellas horas de trepidación y de espanto, de dolor y angustia, perdió el valor; incluso aquellas cosas que en días normales eran consideradas indispensables, dignas de ser conservadas con cuidado.
Es difícil aceptar la realidad, mucho más aquellos que lo perdieron todo: la casa, fruto de tantos sacrificios; el trabajo, que aseguraba un futuro digno, para adaptarse, de un momento a otro a un tipo de existencia jamás pensada. En nuestros recuerdos permanecerán las imágenes de la gran fuerza de ánimo de los habitantes de Abruzo, pero también de personas, sobre todo jóvenes con amplias esperanzas mostrando una mochila: “Aquí está todo lo que me ha quedado. Pero estamos vivos… recomenzaremos”.
Estar vivos. Mirarnos a los ojos cada mañana, volver a nosotros mismos, a nuestros adentros y descubrir lo esencial que es la vida misma.
Todos estos hermanos nuestros, que han quedado privados, sobre todo, de los afectos de las personas queridas que han desaparecido y de los bienes materiales, han comenzado a recorrer el sendero que lleva a “una nueva vida” en medio de las incomodidades de vivir, no sabemos por cuanto tiempo, en una tienda de campaña compartida con tantos otros.
Para todos, cercanos o lejanos de la zona afectada por el terremoto, ha sido una oportunidad de participar ayudando, con un empuje de solidaridad y una respuesta inmediata.
Ha sido evidente cómo desde muchos lugares, durante el tiempo pascual y aún hoy, se ha iniciado un hilo de fraternidad que nos une y brota en las situaciones más dolorosas. Son las ocasiones en las que los italianos, apartando las simples palabras, las diferencias políticas, religiosas y geográficas, no han dudado en estar cercanos, de diversos modos, mediante gestos concretos de solidaridad.
También los habitantes de Abruzo nos han dado ejemplo de su tenacidad, del deseo de convertirse de nuevo en protagonistas como personas y como ciudadanos.
Nos han dado una grande lección de gratitud y, al mismo tiempo, han despertado en muchos de nosotros, considerados cristianos, la importancia y la fuerza de la fe. Alguien afirmó: “Dios me ha hecho volver a su camino”. Es el milagro de la vida que se vuelve a proponer cuando la noche es más oscura. |
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